David Copperfield
David Copperfield Una vez que salimos de Canterbury, recuerdo que mi principal preocupación era que el cochero me creyese lo mayor posible, de modo que me esforcé por hablar con voz muy bronca. Conseguà esto último a costa de grandes molestias; pero perseveré en mi empeño, pues asà me sentÃa más importante.
–¿Va usted a Londres, señor? –preguntó el cochero.
–En efecto, William –respondÃ, condescendiente (le conocÃa de antes)–; me dirijo primero a Londres y después a Suffolk.
–¿De caza, señor? –inquirió.
El cochero sabÃa tan bien como yo que cazar en aquella época del año era tan poco verosÃmil como pescar ballenas; pero lo cierto es que me sentà halagado.
–Ignoro si pegaré algún tiro –contesté, como si tuviera alguna duda al respecto.
–He oÃdo decir que escasean las aves –señaló William.
–Eso tengo entendido –repliqué.
–¿Es usted del condado de Suffolk, señor? –quiso saber.
–Asà es –exclamé, dándome importancia.
–Dicen que allà los budines de manzana son deliciosos –afirmó el cochero.