David Copperfield

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No lo sabía, pero creí necesario defender las tradiciones de mi región natal y mostrar cierta familiaridad con ellas, de modo que moví la cabeza, como diciendo: «Ya lo creo».

–Y los caballos –prosiguió William–. ¡Eso sí que es ganado! Un buen caballo de Suffolk vale su peso en oro. ¿Se ha dedicado alguna vez a su cría, señor?

Mi primera derrota en la vida

–N… no –repuse–, la verdad es que no.

–Apuesto a que ese caballero de ahí detrás –dijo William– ha criado a muchísimos de ellos.

Se refería a un caballero con un estrabismo muy poco prometedor y una barbilla de lo más prominente. Llevaba un sombrero blanco, muy alto y con el borde estrecho y plano, y unos pantalones grises sumamente ajustados, que parecían abotonarse desde las botas hasta las caderas. Su barbilla sobresalía por encima del hombro del cochero, tan cerca de mí que su aliento me hacía cosquillas en el cogote. Cuando me volví para observarle, miraba disimuladamente los caballos con el ojo que no bizqueaba, con aire de experto.

–¿Acaso no es cierto, señor? –le preguntó William.

–¿A qué se refiere? –inquirió el desconocido.


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