David Copperfield
David Copperfield Llegamos a Charing Cross y nos detuvimos en La Cruz de Oro, una antigua posada en un barrio muy populoso. Un camarero me condujo al comedor; y una criada me mostró mi pequeño dormitorio, que olÃa igual que un carruaje de alquiler y estaba tan cerrado como un panteón familiar. Yo seguÃa dolorosamente consciente de mi juventud, pues nadie parecÃa tenerme el menor respeto: la criada mostraba total indiferencia ante mis opiniones, y el camarero me trataba con familiaridad, dándome consejos para paliar mi inexperiencia.
–Veamos –dijo éste, en tono confidencial–, ¿qué le apetece cenar? A los caballeros jóvenes suele gustarles el pollo. ¿Por qué no lo pide?
Le contesté, con la mayor solemnidad posible, que preferÃa otro plato.
–¿De veras? –exclamó–. Los caballeros jóvenes suelen estar cansados de vaca y de cordero, ¡tome una chuleta de ternera!
Como no sabÃa qué otra cosa sugerirle, acepté su propuesta.
–¿Quiere usted patatas? –inquirió, con cierta reticencia y la cabeza ladeada–. Los caballeros jóvenes suelen estar hartos de ellas.