David Copperfield
David Copperfield Le ordené, con mi voz más cavernosa, que me pidiera una chuleta de ternera con patatas, además de su guarnición, y que preguntara en el mostrador si habÃa alguna carta para el señor Trotwood Copperfield. SabÃa que no habrÃa ninguna –era imposible que la hubiera–, pero pensé que aquello me harÃa parecer más importante.
No tardó en regresar para decirme que no habÃa nada para mà (lo que me sorprendió sobremanera), y empezó a poner mi mesa cerca de la chimenea. Mientras se dedicaba a esa tarea, me preguntó qué deseaba beber; me temo que, cuando le respondÃ: «Media pinta de vino de jerez», decidió aprovechar la oportunidad que se le presentaba de reunir dicha cantidad vaciando los posos de varias pequeñas licoreras. Y estoy convencido de mis palabras porque, mientras leÃa el periódico, lo vi muy atareado detrás de una pequeña mampara de madera, que le servÃa de refugio, vertiendo el lÃquido de varias botellas en un recipiente, al igual que un farmacéutico que preparase una receta. Además, cuando probé el vino, me pareció muy insÃpido; y lo cierto es que encontré en él más migas de pan inglés de lo que cabrÃa esperar en un vino extranjero, en estado puro. Pero era demasiado tÃmido y bebà aquello sin rechistar.