David Copperfield

David Copperfield

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Finalmente, me levanté para ir a acostarme, con gran alivio del soñoliento camarero, quien parecía tener las piernas adormecidas, pues no cesaba de agitarlas y de darles golpes, mientras hacía toda clase de contorsiones en el interior de su pequeña despensa. Al dirigirme a la puerta, pasé junto a la persona que había entrado y pude verla con claridad. Volví sobre mis pasos y miré al joven de nuevo. Él no me reconoció, pero yo lo hice en seguida.

Es posible que en otro momento me hubiera faltado la confianza o la decisión necesarias para hablarle, y lo hubiera pospuesto hasta el día siguiente y hubiera perdido su rastro. Pero mi ánimo estaba tan alterado después del teatro que sentí un enorme agradecimiento por la protección que me había brindado de niño, y mi viejo cariño por él afloró en mi pecho de un modo tan natural que me apresuré a acercarme a él, mientras me latía fuertemente el corazón.

–¡Steerforth! ¿Es que no piensas decirme nada?

Él me miró, tal como solía hacerlo algunas veces, pero me di cuenta de que seguía sin reconocerme.

–Me temo que no te acuerdas de mí –dije.

–¡Santo Cielo! –exclamó–. ¡El pequeño Copperfield!

Cogí sus dos manos, sin decidirme a soltarlas. De no haber sido por mi timidez o por el temor a disgustarlo, creo que me habría abrazado a él llorando.


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