David Copperfield
David Copperfield Cuando, a las ocho de la mañana, la camarera llamó suavemente a la puerta y me comunicó que dejaba fuera el agua caliente para afeitarme, lamenté profundamente no tener necesidad de hacerlo y sentí cómo me ruborizaba dentro de la cama. La sospecha de que se había reído al anunciármelo me obsesionó mientras me vestía; y cuando me crucé con ella en la escalera, al bajar a desayunar, fui consciente de mi expresión entre furtiva y culpable. Me avergonzaba tanto de mi juventud que tardé un buen rato en decidirme a pasar por su lado, ¡las circunstancias del caso eran tan humillantes! Como la oía barrer por allí, me puse a mirar por la ventana la estatua ecuestre del rey Carlos –que no tenía nada de real en medio de la llovizna y de la espesa niebla–, rodeada de una vorágine de carruajes de alquiler, hasta que el camarero me dijo que un caballero me estaba esperando.
