David Copperfield
David Copperfield –¡Qué romántico eres! –prosiguió Steerforth, riéndose más fuerte–. ¿Por qué tomarme tantas molestias? ¿Para que un grupo de necios me miren boquiabiertos y levanten sus manos con asombro? ¡Que admiren a otro! ¡No seré yo quien le dispute su gloria!
Me sentà avergonzado por mi error, y me apresuré a cambiar de tema. Afortunadamente, esto no resultaba difÃcil con Steerforth, que podÃa pasar de un asunto a otro con una facilidad y con una despreocupación que le caracterizaban.
Almorzamos después de visitar la ciudad, y el corto dÃa invernal transcurrió tan deprisa que habÃa anochecido cuando la diligencia llegó a Highgate y nos dejó ante una antigua casa de ladrillo, en lo alto de una colina. Una dama de cierta edad –aunque todavÃa joven–, de porte altivo y hermoso rostro, nos recibió en el umbral; y, al tiempo que exclamaba: «¡Mi querido James!», estrechó entre sus brazos a Steerforth. Éste me presentó a su madre, que me dio ceremoniosamente la bienvenida.