David Copperfield
David Copperfield –En efecto, ¡dos personas! –rememoró el señor Omer, asintiendo con la cabeza–. ¡Exactamente! Y en estos momentos Joram está fabricando uno gris con clavos plateados, al que le faltan dos buenas pulgadas para llegar a su altura –agregó, señalando al chiquillo que bailaba en el mostrador–. Pero ¿quiere usted tomar algo?
Le di las gracias, y rehusé su ofrecimiento.
–Veamos –continuó el anciano–. La mujer de Barkis, el carretero, hermana del señor Peggotty, el pescador, ¿no tenÃa algo que ver con su familia? ¿No estaba sirviendo allÃ?
Mi respuesta afirmativa le complació sobremanera.
–Puesto que estoy recobrando la memoria, supongo que no tardaré en respirar mucho mejor –bromeó el señor Omer–. Pues bien, señor, tenemos aquà de aprendiza a una sobrina suya, una joven de gusto tan refinado en la confección de vestidos que estoy seguro de que no existe en toda Inglaterra una duquesa que pueda rivalizar con ella.
–¿No será la pequeña Emily? –pregunté, de forma involuntaria.
–Se llama Emily –repuso el señor Omer–, y es muy menuda. Pero, créame tiene un rostro que envidian la mitad de las mujeres de esta ciudad.
–¡Qué tonterÃa, padre! –exclamó Minnie.