David Copperfield
David Copperfield –Querida –precisó el señor Omer, guiñándome un ojo–, ya sé que no es tu caso, pero la mitad de las mujeres de Yarmouth, y de cinco millas a la redonda, están furiosas con ella.
–Es que Emily deberÃa saber cuál es su lugar, padre –afirmó Minnie–, y no haberles dado motivo para que murmuraran de ella; entonces no habrÃan podido criticarla.
–¿Eso crees, querida? –dijo el anciano–. ¿Que entonces no habrÃan podido criticarla? ¿Es ésa tu experiencia de la vida? ¿Hay algo que una mujer no sea capaz de hacer… especialmente cuando se trata de la belleza de otra?
Creà que habÃa llegado la última hora del señor Omer después de esta ocurrencia tan difamatoria. Empezó a toser tan fuerte y a tener tantas dificultades para recuperar el aliento, a pesar de todos sus esfuerzos, que pensé que verÃa desaparecer su cabeza detrás del mostrador, mientras sus pequeños calzones negros, con los gastados cintajos en las rodillas, se agitaban en el aire en un último e inútil esfuerzo. Finalmente, sin embargo, se recuperó, pero jadeaba tanto y estaba tan extenuado que tuvo que sentarse en un taburete del mostrador.