David Copperfield
David Copperfield –Como ve usted –dijo, enjugándose el rostro y respirando a duras penas–, Emily no ha hecho demasiadas buenas migas con sus compañeras de aquÃ, ni ha entablado amistad con otras personas, ni se ha preocupado de encontrar novio… Por ese motivo, empezó a circular el infame rumor de que aspiraba a convertirse en una dama. En mi opinión, todo se debe a que en el colegio decÃa que, si algún dÃa era una señora, harÃa esto y lo otro por su tÃo, y le regalarÃa toda clase de cosas bonitas.
–Puedo asegurarle, señor Omer, que me decÃa lo mismo cuando éramos niños –exclamé con vehemencia.
El anciano asintió con la cabeza y se frotó la barbilla.
–Precisamente. Además, ella sabÃa vestirse con cualquier cosa mejor que otras que se gastaban mucho dinero, lo que no hizo sino empeorar la situación. Por otra parte, era lo que podrÃa llamarse una joven voluntariosa… incluso me atreverÃa a afirmar, lo que yo llamo una joven voluntariosa –afirmó el señor Omer–; y no sabÃa bien lo que querÃa, pues era un poco mimada y, al principio, era incapaz de ceder. Pero no se ha dicho nada más contra ella, ¿verdad, Minnie?
–No, padre –replicó la señora Joram–. Creo que ésas han sido las peores habladurÃas.