David Copperfield

David Copperfield

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En cuanto a mí, dedicaba mis peregrinaciones solitarias a recordar cada recodo del viejo camino y a recorrer los parajes de mi infancia, de los que no me cansaba jamás. Los recorría como había hecho a menudo mi memoria, y me detenía largo rato en ellos, al igual que se había detenido mi pensamiento en el pasado, cuando me hallaba muy lejos. Paseaba horas y horas cerca de la tumba al pie del árbol, donde yacían mis padres; la tumba que yo había contemplado con una compasión indefinible cuando sólo era de mi padre, y junto a la que había esperado, lleno de desconsuelo, a que dieran sepultura a mi hermosa madre y a su pequeño; la tumba que la fiel Peggotty había cuidado con esmero desde entonces, trasformándola en un verdadero jardín. Estaba en un apacible rincón, algo apartada del sendero, aunque lo bastante cerca para que pudiera leer los nombres grabados en la lápida mientras iba y venía por él; y, siempre que el reloj de la iglesia daba la hora, me sobresaltaba, pues para mí era como oír la voz de un difunto. Durante esos paseos, no dejaba de cavilar sobre el papel que desempeñaría en la vida y sobre las cosas importantes que haría. Y el eco de mis pasos seguía únicamente esa melodía, con la misma tenacidad que si hubiera regresado a casa para construir castillos en el aire al lado de una madre viva.



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