David Copperfield

David Copperfield

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Mi antiguo hogar estaba muy cambiado. Los viejos nidos, abandonados por los grajos hacía ya tanto tiempo, habían desaparecido; y los árboles, podados y desmochados, eran irreconocibles. El jardín estaba invadido por la maleza, y la mitad de las ventanas de la casa se hallaban cerradas. Sólo habitaba en ella un pobre caballero que había perdido el juicio, acompañado de las personas que lo cuidaban. Pasaba las horas sentado junto a mi pequeña ventana, contemplando el cementerio; y yo me preguntaba si sus pensamientos, en su extravío, no coincidirían con alguna de las fantasías que habían ocupado mi imaginación cuando, muy de mañana, me asomaba a esa misma ventana con mi camisa de dormir y veía cómo las ovejas pastaban apaciblemente a la luz del sol naciente.

Nuestros antiguos vecinos, el señor y la señora Grayper, se habían marchado a Sudamérica, y la lluvia se había filtrado a través del tejado de su casa deshabitada, manchando de humedad las paredes exteriores. El señor Chillip había vuelto a contraer matrimonio con una mujer alta, huesuda y de nariz muy grande; y tenía un bebé raquítico, con una enorme cabeza que era incapaz de sostener y con dos ojos miopes y saltones, con los que parecía estar preguntándose siempre por qué había venido al mundo.


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