David Copperfield
David Copperfield Deambulaba por los lugares de mi infancia con una curiosa mezcla de tristeza y de placer, hasta que la luz del crepúsculo invernal me advertía de que era hora de emprender el regreso. Pero, cuando me iba de Blunderstone y, sobre todo, cuando cenaba alegremente con Steerforth junto al fuego, me satisfacía pensar que había estado allí. Me sucedía lo mismo, aunque con menor intensidad, cuando entraba por las noches en mi dormitorio, siempre tan reluciente; y, mientras hojeaba el libro de los cocodrilos (que estaba siempre allí, encima de una mesita), recordaba, con el corazón rebosante de gratitud, lo afortunado que era por tener un amigo como Steerforth y una amiga como Peggotty, y por haber encontrado en mi excelente y generosa tía a alguien que ocupara el lugar de los padres que había perdido.
El modo más rápido de volver a Yarmouth, después de mis largos paseos, era coger el trasbordador. Éste me dejaba en el vasto arenal que se extendía entre la ciudad y el mar, y yo lo atravesaba para evitar un largo rodeo por la carretera. Como la casa del señor Peggotty se encontraba en medio de aquel paraje solitario, a menos de cien yardas de mi camino, tenía la costumbre de entrar en ella. Steerforth casi siempre me esperaba allí, y nos marchábamos juntos, rodeados de un viento helador y de una niebla cada vez más espesa, rumbo a las luces parpadeantes de la ciudad.