David Copperfield
David Copperfield Un oscuro atardecer en que yo regresaba más tarde de lo habitual (habÃa estado haciendo mi última visita a Blunderstone, pues se acercaba el momento de nuestra partida), encontré a Steerforth solo en casa del señor Peggotty, sentado muy pensativo junto al fuego. Estaba tan absorto en sus meditaciones que no se percató de que me acercaba. PodrÃa no haberse percatado igualmente aunque no hubiera estado tan ensimismado, pues la arena mitigaba el sonido de mis pasos; pero ni siquiera reparó en mi presencia cuando entré. Me puse a su lado, contemplándolo; pero él continuó enfrascado en sus pensamientos, con rostro sombrÃo.
Se sobresaltó de tal modo cuando apoyé mi mano en su hombro, que no pude evitar sobresaltarme también.
–Llegas como un fantasma que quisiera reprocharme algo –exclamó con cierta irritación.
–TenÃa que anunciarte de algún modo que habÃa llegado –contesté–. ¿Acaso te he obligado a bajar de las estrellas?
–No –respondió–. No.
–¿Dónde estabas, entonces? –le pregunté, sentándome junto a él.
–Miraba las figuras que bailan en el fuego –repuso.