David Copperfield
David Copperfield –Pero ¿por qué las destruyes? ¡Ahora no puedo verlas! –protesté, mientras él removÃa las brasas con un leño encendido; una lluvia de chispas subió crepitando por la chimenea.
–No habrÃas podido verlas de todos modos –aseguró–. Odio esta hora, cuando no es ni de noche ni de dÃa. ¡Qué tarde vienes! ¿Dónde has estado?
–He dado mi último paseo –repliqué.
–Yo me he quedado aquà sentado –dijo Steerforth, mirando a su alrededor–. Estaba pensando que, a juzgar por el aspecto desolado de la casa, todas las personas a las que encontramos tan felices la noche de nuestra llegada podrÃan haberse separado, estar muertas o ser vÃctimas de alguna desgracia. ¡Ojalá hubiera tenido un padre juicioso estos últimos veinte años!
–Mi querido Steerforth, ¿qué te pasa?
–¡DesearÃa con toda mi alma haber tenido un guÃa mejor! –exclamó–. ¡DesearÃa con toda mi alma saber guiarme mejor a mà mismo!
HabÃa en su tono tanto abatimiento, tanta vehemencia, que me quedé estupefacto. Nunca habrÃa creÃdo posible que se alterara de aquel modo.