David Copperfield
David Copperfield –Más me valdrÃa ser ese pobre Peggotty, o el patán de su sobrino –añadió, poniéndose en pie y apoyándose melancólicamente en la repisa de la chimenea, con el rostro vuelto hacia el fuego–, que ser el que soy, veinte veces más rico y veinte veces más instruido, y atormentarme del modo en que lo he hecho durante la última media hora en esta barca del demonio.
Su cambio de humor me desconcertó hasta tal punto que, al principio, sólo pude contemplarlo en silencio, mientras él seguÃa con la cabeza apoyada en la mano, mirando el fuego con aire sombrÃo. Finalmente, le rogué que me contara por qué estaba tan contrariado, y que me permitiese, si no darle consejos, al menos comprender lo ocurrido. Antes de que yo hubiera acabado de hablar, empezó a reÃrse, al principio con cierto nerviosismo, si bien no tardó en recuperar su alegrÃa.
–¡No es nada, Daisy! ¡No es nada! –repuso–. Ya te expliqué en la posada de Londres que a veces me pesa mi propia compañÃa; y ésta se habÃa convertido, antes de que llegaras, en una verdadera pesadilla… supongo que habré tenido un mal sueño. Cuando me aburro, algunos cuentos infantiles acuden a mi memoria, casi irreconocibles. He debido de creer que era el niño malo al que «nada le importaba», y que acababa siendo devorado por los leones (lo que resulta preferible a malgastar la vida). Lo cierto es que se me han puesto los pelos de punta. He tenido miedo de mà mismo.