David Copperfield
David Copperfield –No creo que nada más pueda asustarte –exclamé.
–Es posible; y, sin embargo, hay tantas cosas de las que deberÃa tener miedo –respondió–. ¡Bueno! ¡Ya está! No volveré a dejar que me domine la melancolÃa, David. Pero te repito, querido muchacho, que más me valdrÃa (y no sólo a mà sino también a los demás) haber tenido un padre firme y juicioso.
Su rostro era siempre muy expresivo, pero jamás habÃa reflejado tanta gravedad y tanta tristeza como cuando pronunció esas palabras con la vista clavada en el fuego.
–No hablemos más –repuso Steerforth, haciendo ademán de lanzar algo al aire–. Como decÃa Macbeth: «Bien; asÃ… Se fue… Vuelvo a ser un hombre».[35] Y ahora, ¡vamos a cenar! Espero no haberme convertido (también como Macbeth) en un aguafiestas, Daisy.
–Pero ¿dónde están todos? –pregunté.
–¡Sabe Dios! –repuso Steerforth–. Después de ir a buscarte al trasbordador, vine hasta aquà y encontré la casa vacÃa. De ahà que estuviera sumido en mis meditaciones cuando llegaste.