David Copperfield
David Copperfield –No diga que no –repuso la diminuta mujer, contemplándome con aire de experta–. ¿Le gustarÃa un poco más de ceja?
–En otra ocasión, gracias –contesté.
–Podemos alargarla un cuarto de pulgada hacia las sienes –señaló la señorita Mowcher–. Lo lograremos en quince dÃas.
–No, gracias. De momento, no.
–Lo haré por una simple propina –insistió–. ¿No? ¿Qué tal entonces unas buenas patillas? ¡Acérquese!
No pude evitar sonrojarme al decir que no, pues aquél era mi punto flaco. Pero la señorita Mowcher, comprendiendo que no estaba dispuesto a someterme a ninguna de las mejoras al alcance de su arte y que, por el momento, era insensible a las excelencias del frasquito que, para resultar más persuasiva, sujetaba a la altura de un ojo, declaró que empezarÃamos otro dÃa y solicitó la ayuda de mi mano para descender de su elevada posición. Saltó entonces al suelo con gran agilidad y empezó a atarse la papada con las cintas del sombrero.
–Los honorarios son… –quiso saber Steerforth.
–Cinco chelines –repuso la señorita Mowcher–, bien barato, pollito mÃo. ¿A que soy frÃvola, señor Copperfield?