David Copperfield
David Copperfield –¿Y eso es todo? –exclamó, recortando la barba de Steerforth con unas pequeñas e inquietas tijeras que daban chasquidos en todas direcciones–. ¡Muy bien, muy bien! Una larga historia. DeberÃa tener este fin: «… y vivieron felices y comieron perdices», ¿no creen? ¡Ah! ¿Cómo serÃa el juego de las prendas? Quiero a mi amor con una E porque es encantadora; la odio con una E porque es esquiva. Le mostré lo más exquisito y le pedà que se escapara conmigo. Su nombre es Emily y vive en el este. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿No le parezco frÃvola, señor Copperfield?
Se limitó a mirarme con enorme picardÃa y, sin esperar mi respuesta, prosiguió sin tomar aliento:
–¡Ya está! Si ha habido alguna vez un bribón arreglado y acicalado hasta la perfección, ése es usted, Steerforth. Si hay una mollera que yo comprenda bien en este mundo, ésa es la suya. ¿Entiende lo que le digo, querido? La conozco perfectamente –continuó, inclinándose sobre él para mirarle–. Ahora puede usted abandonar la sala, Jemmy, como dicen en los tribunales, y si el señor Copperfield toma asiento, me ocuparé de él.
–¿Qué respondes, Daisy? –preguntó Steerforth, riéndose y renunciando a la silla–. ¿Quieres que te arregle?
–Gracias, señorita Mowcher, esta noche no.