David Copperfield

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La señorita Mowcher fue el tema principal de nuestra conversación durante la velada; y, cuando nos despedimos hasta el día siguiente, Steerforth se asomó a la barandilla y me gritó «¡Bob swore!», mientras bajaba por la escalera.

Al llegar a casa del señor Barkis, me extrañó encontrar a Ham paseando arriba y abajo delante de la puerta, pero todavía me sorprendió más saber que la pequeña Emily se hallaba dentro. Le pregunté, naturalmente, por qué no pasaba, en lugar de esperar en la calle.

–Verá, señorito Davy –repuso, vacilante–. Es que Emily está hablando con alguien.

–Habría pensado que ése era un buen motivo para que tú también estuvieras ahí dentro, Ham –exclamé, sonriendo.

–En circunstancias normales, sí –contestó–; pero ¿sabe usted, señorito Davy? –prosiguió, bajando la voz y en tono muy grave–. Se trata de una joven… una joven que Emily conoció en el pasado, y a la que ahora no debería tratar.

Cuando oí estas palabras, pareció iluminarse el rostro de la mujer que había visto tras ellos unas horas antes.

–Es una pobre criatura, señorito Davy –dijo Ham–, a la que todos pisotean en la ciudad. Calle arriba y calle abajo. Huyen más de ella que si fuera un cadáver del cementerio.


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