David Copperfield
David Copperfield –¡No! ¡No! ¡No! –exclamó la pequeña Emily, sollozando y moviendo la cabeza–. No soy todo lo buena que tendrÃa que ser. ¡Ni mucho menos! ¡Ni mucho menos!
Y siguió llorando, como si su corazón estuviera a punto de romperse.
–Sé bien que abuso de tu amor. A menudo estoy malhumorada, soy caprichosa… y tendrÃa que portarme de un modo muy diferente. Tú jamás eres asà conmigo. ¿Por qué me comporto asà cuando sólo deberÃa pensar en mostrarme agradecida y en hacerte feliz?
–¡Tú siempre me haces feliz, querida mÃa! –aseguró Ham–. ¡Me siento tan dichoso al verte! Es una bendición pensar en ti todo el dÃa.
–¡Pero no es suficiente! –protestó ella–. Eso es porque tú eres bueno, no porque lo sea yo. Quizá habrÃa sido mejor para ti que te enamoraras de otra mujer… una joven más juiciosa y más digna de ti, que te quisiera con locura y jamás fuera vana y caprichosa como yo.
–¡Pobre corazoncito! –dijo Ham, en voz baja–. Martha parece haberla trastornado.
–Por favor, tÃa –sollozó Emily–. Ven aquà y déjame apoyar la cabeza en tu hombro. ¡Me siento tan desgraciada esta noche! No soy todo lo buena que tendrÃa que ser. Lo sé muy bien.