David Copperfield

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Las lágrimas brotaron nuevamente de los ojos de Emily, pero volvió la cabeza y se acercó a Martha. No sé lo que le dio. Vi cómo se inclinaba y ponía dinero en su pecho. Murmuró algo y le preguntó si era suficiente.

–Más que suficiente –respondió la otra joven, que cogió su mano y se la besó.

Entonces Martha se puso en pie y, después de envolverse en su chal y de cubrirse el rostro con él, se dirigió lentamente hacia la puerta, entre fuertes sollozos. Al llegar al umbral, se detuvo un momento, como si quisiera decir algo o volver atrás; pero no pronunció una sola palabra. Se marchó con el mismo gemido sordo, triste y desconsolado.

Cuando la puerta se cerró, la pequeña Emily nos miró a los tres y, escondiendo la cara entre las manos, rompió a llorar.

–¡No llores, Emily! –dijo Ham, dándole un golpecito cariñoso en el hombro–. ¡Por favor, vida mía! ¡No debes llorar así, preciosa!

–¡Oh, Ham! –replicó ella, con el rostro bañado en lágrimas–. ¡No soy todo lo buena que tendría que ser! A veces mi corazón no es agradecido… ¡y debería serlo!

–¡Vamos, vamos! ¡Estoy seguro de que sí lo es! –afirmó Ham.


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