David Copperfield
David Copperfield –¿Y qué va a hacer allí? –inquirió Ham.
Martha levantó la cabeza y le miró con tristeza durante unos instantes; después, volvió a agacharla y se pasó el brazo derecho alrededor del cuello, como si tuviera mucha fiebre, o el terrible dolor de alguien que ha recibido un disparo.
–Procurará portarse bien –aseguró la pequeña Emily–. Tú no sabes lo que nos ha contado, Ham. ¿Verdad que él… que ellos no lo saben, tía?
Peggotty movió la cabeza, compasiva.

Martha
–Lo intentaré –dijo Martha–, si me ayudan a marcharme de aquí. Es imposible que las cosas me vayan peor. Tal vez allí tenga más suerte. ¡Por favor! –exclamó, estremeciéndose–. ¡Sáquenme de estas calles donde todo el mundo me conoce desde niña!
Vi cómo Emily extendía su mano y Ham le daba una bolsita de lona. Ella la cogió, convencida de que era su monedero, y avanzó uno o dos pasos; pero, al darse cuenta de su error, regresó junto al joven, que se había acercado a mí, y se la enseñó.
–Es tuya, Emily –le oí decir–. No tengo nada en el mundo que no te pertenezca, vida mía. Lo único que quiero es que seas feliz.