David Copperfield
David Copperfield Durante el desayuno, me entregaron una carta de mi tÃa. Al tratarse de un asunto sobre el que Steerforth podrÃa aconsejarme tan bien como el que más y sobre el que deseaba consultarle, tomé la determinación de discutirlo con él en nuestro viaje de regreso. Por el momento, tenÃamos suficiente con despedirnos de todos nuestros amigos. El señor Barkis estuvo muy lejos de ser el que menos sintió nuestra partida; y creo que habrÃa sido capaz de volver a abrir su caja y sacrificar otra guinea, si con ello nos hubiéramos quedado cuarenta y ocho horas más en Yarmouth. Peggotty y su familia estaban desolados. En Omer y Joram, todo el mundo salió a decirnos adiós; y habÃa tantos pescadores dispuestos a ayudar a Steerforth, cuando llegó el momento de subir nuestros baúles a la diligencia, que no nos habrÃan faltado brazos para cargar el equipaje de un regimiento. En pocas palabras, nos marchamos en medio del dolor y de la admiración de todos, dejando tras nosotros un gran número de personas afligidas.
–¿Se quedará mucho tiempo aquÃ, Littimer? –le pregunté mientras esperaba la salida de la diligencia.
–No, señor –contestó–; es muy probable que no.
–TodavÃa no sabe exactamente cuánto –dijo Steerforth con indiferencia–. Sabe lo que tiene que hacer, y lo hará.