David Copperfield

David Copperfield

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–No me cabe la menor duda –exclamé.

Littimer se llevó la mano al sombrero, en señal de agradecimiento por mi buena opinión, y yo me sentí como si no tuviera más de ocho años. Nos saludó de nuevo para desearnos buen viaje; y allí lo dejamos, en medio de la calle, tan misterioso y respetable como una pirámide de Egipto.

Guardamos silencio durante un rato, pues Steerforth parecía haber enmudecido, cosa extraña en él, y yo me preguntaba cuándo volvería a ver aquellos lugares de mi infancia y qué cambios experimentaríamos, tanto ellos como yo, en el intervalo. Finalmente, Steerforth, recobrando de pronto la animación (tenía el don de cambiar de humor siempre que lo deseaba), me dio un tirón del brazo y exclamó:

–¿Has perdido el habla, David? ¿Qué pasa con esa carta que has mencionado durante el desayuno?

–¡Oh! –dije, sacándola del bolsillo–. Es de mi tía.

–¿Y qué te escribe en ella que debas meditar?

–Me recuerda, Steerforth, que la finalidad de este pequeño viaje era valerme por mí mismo y reflexionar un poco –repliqué.

–Algo que sin duda has hecho, ¿no?

–No, no especialmente. Para ser sincero, me temo que lo había olvidado.


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