David Copperfield
David Copperfield Dimos un largo paseo, durante el cual recogimos cuanto nos parecÃa curioso; pusimos cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar que las olas habÃan dejado en la playa –aunque no sé lo suficiente de estos animales para afirmar si debÃan o no sentirse agradecidos por nuestra conducta–, y nos encaminamos a la vivienda del señor Peggotty. Nos detuvimos al abrigo del cobertizo de las langostas para darnos un beso inocente y entramos a desayunar, rebosantes de salud y de alegrÃa.
–Como dos tortolitos –dijo el señor Peggotty. Yo sabÃa que en nuestro dialecto local eso significaba como dos zorzales, y me pareció un bonito cumplido.
Naturalmente, estaba enamorado de la pequeña Emily. Y estoy seguro de que la querÃa con la misma ternura y sinceridad, aunque con mayor desinterés y pureza, que puede darse entre dos personas de más edad, por muy noble y elevado que sea su amor. Estoy convencido de que mi fantasÃa convirtió a aquella niña de ojos azules en un ser etéreo como un ángel. Y si una mañana soleada hubiera desplegado sus alas y se hubiera alejado volando ante mis ojos, no creo que semejante visión me hubiese sorprendido.