David Copperfield

David Copperfield

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Alguien me propuso: «¡Vamos al teatro, Copperfield!». Y ya no estaba en mi dormitorio, sino delante de la mesa tintineante, repleta de copas; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markham a mi izquierda, y Steerforth enfrente… sentados en una especie de nebulosa, a gran distancia. ¿Al teatro? ¡Por supuesto! ¡Magnífica idea! ¡En marcha! Pero permitidme salir el último para apagar la lámpara… no vaya a declararse un incendio.

Imposible encontrar la puerta en la oscuridad. Estaba buscándola entre las cortinas de la ventana cuando Steerforth me cogió del brazo, riéndose, y me condujo fuera. Bajamos la escalera en fila india. En los último escalones, alguien se cayó y rodó hasta abajo. Una voz dijo que era Copperfield. Aquella falsedad me indignó, hasta que, viéndome tendido en el suelo del pasillo, empecé a pensar que tal vez fuera cierto.

Había muchísima niebla y los faroles de las calles tenían grandes aureolas a su alrededor. Creí oír que la noche era muy húmeda, pero personalmente me pareció heladora. Steerforth me quitó el polvo a la luz de un farol, y volvió a dar forma a mi sombrero, que alguien sacó misteriosamente de algún lugar, pues yo no lo llevaba puesto antes. Entonces Steerforth me preguntó: «¿Estás bien, Copperfield?», y yo le respondí que jamás había estado mejor.


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