David Copperfield

David Copperfield

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Alguien fumaba. Todos fumábamos. Yo fumaba, e intentaba disimular mi tendencia, cada vez mayor, a tiritar. Steerforth había pronunciado unas palabras en mi honor, que me habían emocionado mucho. Le di las gracias y expresé mi deseo de que los tres cenaran conmigo al día siguiente, y al otro… pero a las cinco en punto, con el fin de disfrutar de los placeres de la conversación y de la vida social durante una velada más larga. Me sentí en la obligación de beber a la salud de alguien y brindé por mi tía: «¡Por la señorita Trotwood, la mejor de su sexo!».

Alguien, asomado a la ventana de mi dormitorio, apoyaba su frente en la fría piedra del antepecho, dejando que el aire acariciara su rostro. Era yo. Me dirigía a mí mismo, llamándome «Copperfield», y me decía: «¿Por qué has fumado? Deberías saber que no te conviene nada». Después, alguien se miraba tambaleante en el espejo. También era yo. Estaba muy pálido, tenía los ojos vidriosos y mis cabellos –sólo mis cabellos– parecían haber bebido demasiado.






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