David Copperfield
David Copperfield A propuesta de alguien, decidimos bajar a los palcos, donde se hallaban las damas. Un caballero vestido de etiqueta, arrellanado en un sofá y con unos gemelos en la mano, pasó ante mi vista, al igual que lo hizo mi propia imagen, de cuerpo entero, en un espejo. Luego me empujaron dentro de uno de esos palcos, y yo dije algo al sentarme; las personas que habÃa a mi alrededor gritaron: «¡Silencio!». Y las damas me miraron con indignación y… ¿Cómo? ¡SÃ!… Agnes estaba sentada delante de mÃ, en el mismo palco, en compañÃa de una dama y de un caballero, a los que no conocÃa. Y me parece ver su rostro con más claridad ahora que entonces; y leo en él una expresión indeleble de dolor y de asombro.
–¡Agnes! –exclamé, con voz apagada–. ¡Dios mÃo! ¡Agnes!
–¡Silencio! ¡Te lo ruego! –replicó, sin que yo me explicara el motivo–. Estás molestando a los demás. ¡Mira el escenario!
Me esforcé, entonces, por fijar la vista en él y por comprender lo que allà decÃan, pero todo fue en vano. Volvà los ojos de nuevo hacia Agnes, y la vi acurrucarse en un rincón y llevarse a la frente su mano enguantada.
–¡Agnes! –me apresuré a decir–. ¡Metemoquenostásbien!
–SÃ, sÃ. No te preocupes, Trotwood –respondió ella–. ¡Escucha! ¿Piensas marcharte en seguida?