David Copperfield

David Copperfield

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Alguien tendido en mi lecho, que se había transformado en una mar embravecida, pasó la noche reviviendo, confuso y febril, cuanto acabo de relatar. Y ese mismo alguien fue recobrando lentamente la conciencia de sí mismo, y empezó a morirse de sed. Sentí que mi piel estaba tan dura como el cartón y que mi lengua era el fondo de una tetera vacía, cubierta de sarro de tanto uso, e hirviendo encima de un fuego lento; y las palmas de mis manos, planchas de metal incandescente que ningún hielo podía enfriar.

¡Cuánto dolor, cuánto remordimiento y cuánta vergüenza sentí al despertar por la mañana! ¡Con qué horror imaginé los mil excesos que habría cometido sin darme cuenta y que ya nunca podría reparar! Y recordé con angustia la mirada que Agnes me había dirigido, y mi imposibilidad de comunicarme con ella, pues, ¡necio de mí!, desconocía por qué estaba en Londres o dónde se alojaba. La sola visión de la estancia donde se había celebrado la francachela me repugnaba… y el dolor de cabeza, el olor a tabaco, el espectáculo de aquellos vasos, la imposibilidad de salir o incluso de levantarme… ¡Qué día!




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