David Copperfield
David Copperfield –Traddles es un joven estudiante de derecho. SÃ. Es un buen muchacho… incapaz de hacer daño a nadie, excepto a sà mismo.
–¿A sà mismo? –repetÃ, consternado.
–Verá usted –prosiguió el señor Waterbrook, frunciendo los labios y jugando con la cadena de su reloj, con aire próspero y seguro de sà mismo–, yo dirÃa que es uno de esos hombres que tiran piedras contra su propio tejado. No creo que jamás llegué a reunir quinientas libras. Me lo recomendó uno de mis colegas. ¡Oh, sÃ! SÃ. No hay duda de que tiene cierto talento para redactar mandatos judiciales y para exponer con toda claridad los hechos por escrito. A veces le cedo algún caso en el curso del año; algún caso que… para él… es importante. ¡Oh, sÃ! SÃ.
Me impresionó sobremanera la tranquilidad y la satisfacción con que el señor Waterbrook proferÃa de vez en cuando aquellos cortos «sû. Resultaban de lo más expresivos. Daba la impresión de ser un hombre que habÃa nacido, no ya con una cuchara de plata, sino con una escala, que le habÃa permitido subir uno tras otro todos los escalones de la vida; y ahora podÃa contemplar, desde lo alto de las fortificaciones, con la mirada protectora de un filósofo, a los desgraciados que continuaban en las trincheras.