David Copperfield

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Más de una vez pensé que, si hubiéramos sido menos educados, lo habríamos pasado mejor. Nos comportábamos con tanta elegancia que nuestra conversación era muy limitada. Entre los comensales había un tal señor Gulpidge y su esposa, que tenían algo que ver (al menos el señor Gulpidge) con el departamento de leyes del Banco de Inglaterra; y cuando no hablábamos de Hacienda, lo hacíamos del Banco de Inglaterra, asuntos tan refinados como los compromisos oficiales de la familia real. Para arreglar las cosas, la tía de Hamlet era muy aficionada a los soliloquios, una debilidad familiar, y disertaba de forma inconexa sobre cualquier tema que se sacara a colación. Es cierto que eran más bien escasos; pero, como siempre acabábamos volviendo a la cuestión de la sangre, disponía de un campo tan vasto para las especulaciones abstractas como su sobrino.

Habríamos podido pasar por un grupo de ogros, dado lo sangriento de nuestra conversación.

–He de confesar que soy de la opinión de la señora Waterbrook –dijo su marido, con la copa de vino a la altura del ojo–. Hay otras cosas dignas de estima, pero ¡nada como la sangre y el linaje!



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