David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! ¡No hay nada tan satisfactorio! –señaló la tÃa de Hamlet–. Nada que se acerque más al beau-ideal de… de toda esa clase de cosas, hablando en términos generales. Hay espÃritus mezquinos (afortunadamente no demasiados, pero hay algunos) que preferirÃan arrodillarse ante Ãdolos. ¡Ante verdaderos Ãdolos! Como la utilidad, la inteligencia, etc… Pero eso son conceptos intangibles. Y la sangre no. Vemos sangre en una nariz, y sabemos qué es. La vemos en una barbilla y decimos: «¡Ahà está! ¡Eso es sangre!». Es una realidad. Podemos señalarla con el dedo. Su presencia no admite la menor duda.
El caballero de la sonrisa bobalicona y las piernas endebles que habÃa conducido a Agnes a la mesa planteó la cuestión de un modo incluso más decisivo, en mi opinión.
–¡Qué diantre! –exclamó, mirando a su alrededor con una sonrisa estúpida–. Ya saben ustedes que no podemos renunciar a la sangre. Es necesaria. Hay algunos jóvenes cuya educación y conducta no están a la altura de su rango, jóvenes que no van por buen camino, y que se meten en toda clase de embrollos, o empujan a otros a hacerlo; pero ¡diablos! Es un placer pensar que corre por sus venas una sangre ilustre. ¡PreferirÃa cien veces ser derribado de un golpe por un hombre asà que recogido del suelo por un individuo corriente!