David Copperfield

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Estas palabras, que resumían con tanta claridad la cuestión, agradaron a todos y convirtieron al caballero en el centro de atención hasta que las damas se retiraron. Después de esto, me di cuenta de que el señor Gulpidge y el señor Henry Spiker, que hasta entonces habían estado muy distantes, formaron una especie de alianza defensiva contra el enemigo común, es decir nosotros, y se enfrascaron en un misterioso diálogo a través de la mesa, destinado a derrotarnos y aniquilarnos.

–Ese asunto de la primera fianza de cuatro mil quinientas libras no ha seguido el curso esperado, Spiker –comentó el señor Gulpidge.

–¿Se refiere al asunto de D. de A.? –preguntó su interlocutor.

–No, al asunto de C. de B. –repuso el señor Gulpidge.

El señor Spiker frunció las cejas y pareció muy preocupado.

–Cuando se planteó la cuestión a lord… no es necesario que mencione su nombre –dijo el señor Gulpidge, conteniéndose.

–Comprendo –respondió el señor Spiker–, a lord N…

El señor Gulpidge asintió con aire sombrío.

–Cuando se le planteó la cuestión –prosiguió–, su respuesta fue: «Dinero o no hay libertad».


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