David Copperfield

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Como yo tenía la impresión de que no debía de sentirse muy a gusto en aquella casa, casi me alegró saber que volvía a Canterbury a los pocos días, aunque lamenté separarme tan pronto de ella. Por esa razón, me quedé hasta que se marchó el último invitado. Conversar con ella y oírla cantar traía a mi memoria toda la felicidad de mi vida en la vieja y austera casa que ella había llenado de luz; habría podido seguir allí toda la noche. Pero, al no tener la menor excusa para prolongar mi visita cuando apagaron las luminarias, me vi obligado a despedirme, muy en contra de mi voluntad. Entonces sentí con más fuerza que nunca que Agnes era mi ángel bueno; y supongo que no había nada malo en imaginar que su dulce rostro y su plácida sonrisa me iluminaban como si su dueña fuera una criatura celestial.

He dicho que todos los invitados se habían ido; pero tenía que haber exceptuado a Uriah, al que yo no consideraba como tal, y que no había dejado de rondarnos en toda la velada. Bajó la escalera detrás de mí, y se puso a mi lado cuando salí de la casa, enfundando sus dedos largos y esqueléticos en cada uno de los dedos aún más largos de un par de guantes dignos del mismísimo Guy Fawkes.

No sentía el menor deseo de estar con él, pero recordé la súplica que Agnes me había hecho y le pregunté si quería venir a mi piso y tomar un café.


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