David Copperfield
David Copperfield –¿De veras, señorito Copperfield? –respondió–. En fin, señor Copperfield… lo siento, es la costumbre… No me gustarÃa que se sintiera usted en la obligación de invitar a un hombre tan humilde como yo.
–En absoluto –dije–. ¿Le apetece subir?
–Será un placer –repuso Uriah, retorciéndose.

Uriah no deja de rondarnos en toda la velada
–¡Pues vamos! –exclamé.
No pude evitar mostrarme bastante brusco con él, pero no pareció importarle. Tomamos el camino más corto, y apenas hablamos durante el trayecto; sus guantes de espantapájaros le inspiraban tanto respeto que seguÃa tratando de enfundárselos, sin demasiado éxito, cuando llegamos a casa.