David Copperfield
David Copperfield Le guié por las escaleras para impedir que, con la oscuridad, se golpeara la cabeza contra algo, pero creí coger una rana cuando sentí su mano fría y húmeda en la mía; y tuve la tentación de soltarla y echar a correr. Me lo impidieron, sin embargo, el recuerdo de Agnes y mi sentido de la hospitalidad, y lo acompañé hasta la chimenea. Cuando encendí las velas y la habitación apareció ante sus ojos, Uriah se deshizo en elogios; y cuando calenté el café en un sencillo cacharro de hojalata, que a la señora Crupp le gustaba emplear con dicho fin (yo creo que, principalmente, porque no había sido fabricado para eso, sino para calentar el agua de afeitarse, y porque había una cafetera muy cara oxidándose en la despensa), se mostró tan emocionado que de buena gana le habría tirado el agua hirviendo encima.
–Señorito Copperfield… quiero decir, señor Copperfield –dijo Uriah–. La verdad es que jamás se me habría ocurrido pensar que usted pudiera servirme algo. Pero están sucediéndome tantas cosas que nunca había esperado, dada mi humilde posición, que siento como si llovieran bendiciones sobre mi cabeza. Supongo que algo le habrán contado de un cambio en mis expectativas, señorito Copperfield… mejor dicho, señor Copperfield.