David Copperfield
David Copperfield Fui consciente de lo mucho que le detestaba al verlo sentado en mi sofá con sus huesudas rodillas bajo la taza de cafĂ©, el sombrero y los guantes a sus pies; con la cucharilla en la mano removiendo suavemente el azĂşcar y los ojos rojizos y sin párpados –cuyas pestañas parecĂan haberse chamuscado– vueltos hacia mĂ sin atreverse a mirarme; con los orificios nasales llenos de desagradables rugosidades (como he mencionado antes) que se dilataban y contraĂan a la par que respiraba; y con aquel cuerpo que se retorcĂa sinuosamente desde la barbilla hasta las botas. Me resultĂł muy desagradable tenerlo de invitado, pues entonces yo era joven, y no estaba acostumbrado a ocultar lo que sentĂa con tanta intensidad.
–Supongo que le habrán contado que mis expectativas han cambiado, señorito Copperfield… quiero decir, señor Copperfield, ¿no es as� –preguntó Uriah.
–En efecto –contesté.
–¡Ah! ¡Ya me imaginaba que la señorita Agnes se habrĂa enterado! –repuso con calma–. Me alegro de que ella lo sepa. ¡Gracias, señorito… señor Copperfield!
Me habrĂa gustado mucho lanzarle mi sacabotas (que estaba tirado en la alfombra) por haberme sonsacado algo relacionado con Agnes, aunque fuera de tan poca importancia. Pero me limitĂ© a beber cafĂ©.