David Copperfield
David Copperfield –¡Qué buen profeta ha demostrado ser, señor Copperfield! –prosiguió Uriah–. Verdaderamente, ¡qué buen profeta! ¿Acaso no recuerda haberme dicho en una ocasión que tal vez acabarÃa siendo el socio del señor Wickfield, y que su despacho se llamarÃa Wickfield y Heep? Es posible que usted lo haya olvidado; pero las personas humildes, señorito Copperfield, guardan esa clase de comentarios como un tesoro.
–Recuerdo que hablamos de ello –exclamé–, aunque entonces no lo creÃa muy probable.
–¿Y quién habrÃa podido creerlo, señor Copperfield? –añadió él, eufórico–. Le aseguro que yo no. Me apresuré a responderle que era demasiado humilde. Y estaba convencido de mis palabras.
Mientras le miraba, Uriah seguÃa contemplando el fuego, con aquella mueca que parecÃan haber esculpido en su rostro.
–Pero incluso las personas más humildes, señorito Copperfield –continuó diciendo–, pueden ser instrumentos de bien. Estoy muy contento de pensar que he podido serlo para el señor Wickfield, y que quizá ahora pueda serlo más. ¡Es un hombre tan valioso, señor Copperfield! Pero ¡cuántas imprudencias ha cometido!
–No sabe cómo lamento oÃr eso –repuse–. Y en todos los sentidos –añadà con cierta ironÃa, incapaz de contenerme.