David Copperfield
David Copperfield –Indudablemente, señor Copperfield –contestó Uriah–. En todos los sentidos. ¡Y sobre todo por la señorita Agnes! Es posible que usted haya olvidado unas frases muy elocuentes que pronunció hace años, señorito Copperfield; pero recuerdo haberle oÃdo decir que todo el mundo deberÃa admirarla, y ¡cuánto se lo agradecÃ! Seguro que ya no se acuerda, señorito Copperfield, ¿verdad?
–Claro que sà –repliqué secamente.
–¡Oh! ¡Me alegro mucho de que no lo haya olvidado! –exclamó Uriah, emocionado–. ¡Pensar que fue usted quien encendió en mi humilde pecho las primeras chispas de la ambición y que todavÃa lo recuerda! ¡Oh! ¿Me permite pedirle otra taza de café?
Hubo algo en la insistencia con que me habló de aquellas chispas que yo habÃa encendido, asà como en la mirada que me lanzó, que me hizo estremecer como si lo hubiera visto de pronto iluminado por una llamarada. Pero su petición, formulada en un tono de voz muy diferente, me devolvió a la realidad y le hice los honores con el cacharro de hojalata; aunque no pude evitar que me temblara la mano, pues súbitamente me percaté de que yo no estaba a su altura, y me sentà tan perplejo y temeroso ante lo que fuera a decir a continuación que estoy seguro de que se dio cuenta.