David Copperfield

David Copperfield

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Pero no dijo nada. Siguió removiendo lentamente el café, bebió un sorbo, se acarició suavemente el mentón con su horripilante mano, fijó la vista en el fuego, miró a uno y otro lado, esbozó una de sus extrañas sonrisas, hizo toda clase de ondulantes contorsiones empujado por su respetuoso servilismo, volvió a remover el café, tomó otro sorbo; pero dejó que fuera yo quien reanudara la conversación.

–De modo que el señor Wickfield –exclamé, finalmente–, que vale quinientas veces más que usted… o que yo –no habría podido dejar de cortar esta frase en dos, aunque me hubiera ido en ello la vida–, ha sido muy imprudente, ¿no es así, señor Heep?

–En efecto, muy imprudente, señorito Copperfield –repuso Uriah, suspirando con modestia–. ¡Muchísimo! Pero preferiría que me siguiera llamando Uriah, si no le importa. Como en los viejos tiempos.

–Está bien, Uriah –respondí, sin que me resultara fácil pronunciar su nombre.

–¡Gracias! –exclamó con vehemencia–. ¡Muchas gracias, señorito Copperfield! Cuando me llama Uriah es como sentir el soplo de viejas brisas u oír el tañido de viejas campanas. Pero le ruego que me disculpe. ¿De qué estaba hablando?

–Del señor Wickfield.


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