David Copperfield

David Copperfield

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–¡Oh, sí! ¡Es cierto! –dijo Uriah–. ¡Qué gran imprudencia, señorito Copperfield! Es un asunto del que no hablaría con nadie que no fuera usted. E incluso con usted, sólo me atrevo a tratarlo por encima. Si otra persona hubiera ocupado mi puesto en los últimos años, hace tiempo que el señor Wickfield (¡oh, señorito Copperfield, un hombre tan virtuoso!) estaría en sus manos. En… sus… manos –repitió Uriah, muy lentamente, al tiempo que extendía sus dedos de aspecto cruel sobre mi mesa y apretaba con fuerza el pulgar, hasta hacer temblar el tablero, las patas y el resto de la habitación.

No habría podido odiarle más, aunque le hubiera visto pisar con su pie torcido y aplastado la cabeza del señor Wickfield.

–¡Pues sí, señorito Copperfield! –prosiguió con una voz muy suave, que contrastaba de forma ostensible con la acción de su pulgar (que no disminuía lo más mínimo su presión)–. No existe la menor duda. El señor Wickfield habría conocido la ruina, el deshonor, y Dios sabe cuántas cosas más. Y él lo sabe. Yo soy el humilde instrumento que le sirve humildemente, y él ha decidido elevarme a una altura que yo nunca habría osado imaginar. ¡He de estarle tan agradecido!


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