David Copperfield
David Copperfield Después de pronunciar estas palabras, y con el rostro vuelto hacia mí, aunque sin mirarme, retiró su pulgar torcido de la mesa y, con aire pensativo, se frotó lentamente la huesuda mandíbula como si se estuviera afeitando.
Recuerdo con qué indignación latió mi corazón al ver su astuto rostro iluminado por la luz del fuego, tan rojiza como él, mientras se preparaba para añadir algo más.
–Señorito Copperfield –comenzó a decir–, pero… ¿no le estaré entreteniendo?
–En absoluto. Me acuesto bastante tarde.
–Gracias, señorito Copperfield. Es cierto que he prosperado algo desde que usted me conoció; pero sigo siendo muy humilde. Y espero no dejar de serlo nunca. No dudará usted de mi humildad si le hago una pequeña confidencia, ¿verdad, señorito Copperfield?
–¡Oh, no! –repliqué, haciendo un esfuerzo.
–¡Gracias! –dijo; y sacó un pañuelo de su bolsillo y empezó a enjugarse las manos–. La señorita Agnes, señor Copperfield…
–¿Qué ocurre con ella, Uriah?
–¡Oh, qué alegría oírle decir Uriah de forma espontánea! –exclamó, agitándose nerviosamente como un pez–. ¿No la ha encontrado muy hermosa esta noche, señorito Copperfield?