David Copperfield
David Copperfield –La he encontrado como siempre: superior en todos los aspectos a cuantos la rodean –respondÃ.
–¡Oh, gracias! ¡Qué razón tiene! –afirmó–. No sabé cómo le agradezco sus palabras.
–No comprendo por qué –le interrumpà con altanerÃa–. No existe ningún motivo para que me dé las gracias.
–Por supuesto que sÃ, señorito Copperfield –declaró Uriah–, y ésa es la confidencia que me voy a tomar la libertad de hacerle. A pesar de lo humilde que soy –prosiguió, mientras se enjugaba con más fuerza las manos, mirando alternativamente sus palmas y el fuego de la chimenea–, de lo humilde que es mi madre y de lo humilde que ha sido siempre nuestro hogar, pobre, pero honrado, la imagen de la señorita Agnes lleva muchos años dentro de mi corazón. No me importa confiarle mi secreto, señorito Copperfield, pues siempre he sentido un gran afecto por usted, desde el preciso instante en que le vi por primera vez en el carruaje de su tÃa. ¡Oh, señorito Copperfield! ¡Qué amor tan puro me inspira hasta el suelo que pisa mi Agnes!