David Copperfield
David Copperfield Y, sin embargo, yo estaba seguro de que la posibilidad de semejante sacrificio, por muy lejana que fuera, destruiría la felicidad de Agnes; y su actitud reflejaba con tanta claridad que no estaba al corriente de nada, y que aquella sombra todavía no había caído sobre su alma, que habría preferido herirla que advertirla del peligro que la amenazaba. Por ese motivo, nos despedimos sin la menor explicación; ella me decía adiós con la mano, sonriendo desde la ventanilla de la diligencia, mientras su genio maligno se retorcía encima del techo del carruaje, como si ya la tuviera en sus garras, victorioso.
Aquella escena me persiguió durante mucho tiempo. Cuando Agnes me escribió para comunicarme que había llegado sana y salva, me sentí tan desdichado como en el momento de su partida. Siempre que me abandonaba a mis pensamientos, sabía con certeza que aquella imagen se presentaría de nuevo, redoblando mi sufrimiento. A duras penas pasaba una noche sin que soñara con eso. Se convirtió en una parte de mi vida, tan inseparable de ella como mi cabeza.