David Copperfield

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En medio de la confusión en que me habían sumido las confidencias de Uriah, había meditado mucho sobre las palabras que había empleado Agnes al hablar de la asociación: «Hice lo que consideré mi deber. Convencida de que ese sacrificio era necesario para la tranquilidad de papá, le supliqué que lo hiciera». Yo albergaba el doloroso presentimiento de que ella cedería nuevamente a ese impulso y estaría dispuesta a hacer cualquier sacrificio por su padre; y, desde que comprendí esto, la angustia me atenazaba. Sabía cuánto lo amaba y hasta dónde llegaba su lealtad. Había oído de sus propios labios que se consideraba la causa involuntaria de sus errores, y que tenía una deuda con él que deseaba fervientemente pagar. No me sirvió de consuelo ver la diferencia que existía entre ella y aquel odioso Rufus[52] del sobretodo color morado; pues me di cuenta de que era precisamente en ese contraste entre el alma pura y abnegada de Agnes y la sórdida ruindad de Uriah donde estaba el mayor peligro. También él sabía todo aquello, no me cabe la menor duda; y lo había sopesado astutamente.






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