David Copperfield

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Entretanto, fueron pasando los días y las semanas. Firmé mi contrato con Spenlow y Jorkins. Recibía noventa libras anuales de mi tía, sin contar el alquiler de la casa y otros gastos extra. Mi apartamento estaba arrendado al menos por doce meses; y, aunque las veladas seguían pareciéndome tristes y largas, me quedaba allí, sumido en una especie de tranquila melancolía, y me contentaba con tomar café; si no recuerdo mal, en aquella época de mi vida debí de beberlo por galones. Creo que también fue entonces cuando hice tres descubrimientos: el primero, que la señora Crupp padecía un extraño mal que ella denominaba «los espasmos», que iban generalmente acompañados de una irritación de nariz que necesitaba ser tratada con menta; el segundo, que, por alguna peculiaridad de la temperatura de mi despensa, las botellas de coñac estallaban en su interior; y el tercero, que estaba solo en el mundo, y sentía una profunda inclinación a dejar constancia de tal circunstancia en fragmentos de versificación inglesa.







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