David Copperfield

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El día en que regularicé el contrato, me limité a celebrarlo invitando a los empleados de la oficina a unos sándwiches y a un trago de jerez, y yendo por la noche solo al teatro. Fui a ver El extranjero,[53] algo muy indicado para un hombre de los Commons, y salí tan apesadumbrado de la obra que, cuando volví a casa, apenas reconocí mi rostro en el espejo. En el momento de firmar, el señor Spenlow aseguró que le habría gustado mucho invitarme a su casa de Norwood para celebrar nuestra nueva relación, pero que en su hogar reinaba cierto desorden a causa del inminente regreso de su hija, que acababa de terminar su educación en París. No obstante, me dio a entender que, cuando la joven llegase, sería un placer para él recibirme. Yo sabía que era viudo y no tenía más que una hija, y le expresé mi agradecimiento.

El señor Spenlow cumplió su palabra. Una semana o dos después me recordó su promesa, diciendo que, si le hacía el honor de ir a su casa desde el sábado hasta el lunes siguiente, se sentiría muy feliz. Como es natural, acepté; y convinimos en que le acompañaría en su faetón, tanto a la ida como a la vuelta.




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