David Copperfield

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Cuando llegó el gran día, hasta mi equipaje se convirtió en objeto de veneración para los empleados que recibían un estipendio, para quienes la casa de Norwood era un misterio sagrado. Uno de ellos me comunicó que había oído decir que el señor Spenlow comía siempre en vajillas de plata y de porcelana; otro insinuó que en su mesa se bebía champaña como si fuera cerveza de barril. El viejo escribiente de la peluca, el señor Tiffey, había ido varias veces a lo largo de los años, por asuntos de trabajo, y siempre lo habían conducido hasta una pequeña sala donde se servían los desayunos. La describió como una estancia de lo más suntuosa, y aseguró que le habían dado a beber un licor oscuro de las Indias Orientales, tan delicioso que sólo podía degustarse cerrando los ojos.

Aquel día se celebraba la vista de una causa aplazada en el Tribunal del Consistorio: se trataba de excomulgar a un panadero que se había negado a pagar su parte del adoquinado en una asamblea de feligreses. Y, como las declaraciones fueron el doble de largas que Robinson Crusoe, según unos cálculos que efectué, no terminamos hasta una hora muy avanzada. Logramos, sin embargo, que se le excomulgara durante seis semanas y que fuera condenado a pagar todas las costas; y entonces el procurador del panadero, el juez y los abogados de las dos partes (que eran muy amigos) se fueron juntos a la ciudad, y el señor Spenlow y yo nos marchamos en el faetón.


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