David Copperfield
David Copperfield Éste era verdaderamente magnífico; los caballos arqueaban el cuello y elevaban las patas como si supieran que pertenecían a los Doctors’ Commons. Lo cierto es que, en cuanto a ostentación, existía una gran rivalidad entre los miembros de este tribunal, tal como ponían de manifiesto algunos de sus elegantes carruajes. Aunque yo siempre he creído y seguiré creyendo que, en aquellos tiempos, el artículo de mayor competencia era el almidón; y no creo que ningún ser humano pudiera llevar un cuello tan duro como el de las camisas de los procuradores.
Conversamos agradablemente durante el trayecto, y el señor Spenlow me proporcionó algunos datos relacionados con mi profesión. Dijo que era la más distinguida del mundo, y que no debía confundirse, bajo ningún concepto, con la de abogado; pues era totalmente diferente, infinitamente más selecta, menos mecánica y más lucrativa. En los Commons nos tomábamos las cosas con mucha más filosofía que en cualquier otra parte, señaló, lo que nos convertía en una clase privilegiada, separada del resto. Añadió que era imposible negar el hecho, bastante desagradable, de que eran sobre todo los abogados quienes nos daban trabajo; pero me dio a entender que se trataba de una raza inferior de hombres, universalmente menospreciados por todos los procuradores que se preciaran de serlo.